RECUERDOS DE VIAJE · POR REBECA
Vietnam en pareja:
18 días de mochileros y una aventura para siempre.
Hay viajes que recuerdas por lo que viste. Y otros, además, por todo lo que cambiaron dentro de ti. Nuestro viaje a Vietnam fue de los segundos.

Mi pareja y yo recorrimos Vietnam como mochileros durante 18 días. Todavía no estábamos casados ni éramos padres. Éramos nosotros dos, las mochilas y esas ganas de descubrir un lugar que no se parecía a nuestra vida de todos los días. Hoy, cuando lo recordamos, seguimos hablando de aquella aventura con un cariño enorme.
Recorrimos muchas de las grandes ciudades y de los lugares más importantes del país. Pero lo que más permanece no es una lista de paradas. Son las conversaciones, los pequeños imprevistos, las personas que conocimos y la sensación de estar viviendo algo que era solamente nuestro.
Viajar de mochileros en pareja: aprender a ser equipo
Siempre digo que recomiendo vivir una aventura así al menos una vez en la vida, si te apetece y tienes la oportunidad. No porque exista una forma correcta de viajar, sino porque salir de lo conocido te coloca en situaciones que no encuentras en tu rutina.
Cuando viajas de esa manera, no todo depende de ti ni todo sale como habías imaginado. Aparecen dudas, cansancio e imprevistos. Y ahí descubres algo precioso: no tienes que resolverlo todo sola. Sois dos personas intentando entender el mismo mapa, tomar una decisión y seguir adelante.
Para mí, ese viaje nos unió muchísimo. Nos convertimos en equipo. Aprendimos a escucharnos y a apoyarnos cuando uno necesitaba más del otro. A veces uno tiene más energía; otras veces le toca dejarse cuidar. Viajar juntos también es aprender a reconocer esos momentos.
«De Vietnam no solo me traje recuerdos de un país increíble. Me traje la certeza de que juntos éramos un equipo.»
Un Vietnam que se vivía a pie de calle
Una de las cosas que más me impactó fue ver cuánta vida sucedía fuera. Los negocios abiertos a pie de calle, los pequeños locales, la gente comiendo y las familias compartiendo su día a día en espacios por los que nosotros caminábamos.
Recuerdo especialmente ver a familias fregando los platos en un barreño con agua, en la acera. Son imágenes que se te quedan grabadas porque te sacan de lo que hasta entonces dabas por normal. De repente, algo tan cotidiano como lavar unos platos te hace mirar de otra manera.
Algunas de aquellas escenas me recordaban a lo que había escuchado contar sobre la España de antaño: una vida de barrio más abierta, con menos separación entre lo que ocurre dentro y fuera de casa. Esa fue mi asociación personal, desde mi mirada de viajera; no una manera de definir un país entero, que tiene realidades muy distintas.
No volví pensando que una forma de vivir fuera mejor que otra. Volví con preguntas. Sobre nuestras prisas, nuestras necesidades y sobre todas las cosas que tenemos tan cerca que dejamos de verlas.

La hospitalidad que recuerdo de Vietnam
Si pienso en las personas que conocimos, me salen enseguida estas palabras: generosidad, amabilidad y hospitalidad. Nos encontramos con gente dispuesta a ayudarnos, a hacernos sentir cómodos y a tener un gesto bonito con nosotros.
Claro que éramos turistas, y éramos conscientes de ello. Pero también hubo cuidados que yo sentí muy humanos, muy cercanos. No puedo hablar por todas las personas de un país; sí puedo contar que quienes se cruzaron en nuestro camino me dejaron un recuerdo maravilloso.
A veces hablamos de los viajes como si lo importante fueran únicamente los paisajes. Y, sin embargo, con el tiempo descubres que recuerdas con la misma fuerza a alguien que te ayudó cuando lo necesitabas. A mí me pasó en Sapa.
Sapa: arrozales, una casa familiar y sentirme cuidada lejos de casa
En el norte de Vietnam fuimos a Sapa, entre montañas y arrozales. Aquel paisaje verde, tan diferente de lo que conocía, ya habría sido suficiente para convertir la visita en un recuerdo especial. Pero lo que más me marcó ocurrió dentro de una casa.
Dormimos en la parte de arriba de la vivienda de una familia, en un espacio de granero que compartíamos con otras personas del grupo. Era una experiencia sencilla, muy distinta a dormir en un hotel, y formaba parte de aquella manera de viajar que habíamos elegido.
Allí me puse mala de la tripa. Algo debió de sentarme mal y me encontré bastante mal. Estar enferma lejos de casa te hace sentir más vulnerable: dejas de pensar en todo lo que quieres ver y lo único que necesitas es descansar y encontrarte un poco mejor.
La mujer de aquella familia me cuidó muchísimo. Pude dormir calentita, estar tranquila y sentir que alguien estaba pendiente de mí. No recuerdo aquel momento únicamente por el malestar, sino por el cariño con el que me trataron.
Han pasado los años y sigo guardando ese gesto. Porque la hospitalidad, cuando la recibes así, deja de ser una palabra bonita y se convierte en una persona concreta, en una casa y en una sensación que no se te olvida.

Lo que Vietnam cambió en mi manera de pensar
Viajar enseña cultura, costumbres y formas diferentes de entender la vida. Pero a veces la enseñanza más grande no está en lo que aprendes sobre el destino, sino en cómo empiezas a mirar tu propia casa cuando vuelves.
Para mí, Vietnam supuso un cambio de pensamiento. Regresé valorando mucho más lo que tenía: las comodidades cotidianas, la posibilidad de descansar, el cuidado de los míos y tantas cosas que antes daba por hechas.
Eso no significa idealizar las dificultades que pueda vivir otra persona ni pensar que conocemos su realidad por haber pasado unos días allí. Significa reconocer lo que a mí me removió aquel viaje. Me ayudó a tomar perspectiva y a distinguir un poco mejor entre lo que necesito y lo que simplemente me he acostumbrado a querer.
También me enseñó que hay gestos que no necesitan grandes explicaciones. Que alguien te cuide cuando estás mala, aunque apenas os conozcáis, puede quedarse contigo mucho más tiempo que cualquier cosa que hayas comprado durante el viaje.
Un recuerdo de nuestra vida antes de ser padres
Hoy miro aquel viaje con una ternura especial porque pertenece a otra etapa de nuestra historia. Todavía estábamos solteros, sin hijos, descubriendo el mundo juntos. No sabíamos cómo sería todo lo que vendría después, pero ya estábamos construyendo recuerdos a los que volver.
Aquellos 18 días de mochileros por Vietnam fueron una aventura maravillosa. Compartimos descubrimientos, nos acompañamos en los imprevistos y aprendimos mucho el uno del otro. No fue un viaje perfecto en el que todo saliera siempre bien. Fue un viaje vivido juntos, y quizá por eso nos sigue emocionando tanto recordarlo.

Lo que me llevaría otra vez en la mochila
Si tuviera que quedarme con algo de aquella experiencia, no sería una ruta que repetir al detalle. Sería una actitud: ir con curiosidad, dejar espacio para lo inesperado y recordar que la persona que viaja contigo es tu compañera de aventura.
- Escucharse. No siempre vais a necesitar lo mismo al mismo tiempo, y hablarlo también forma parte del viaje.
- Aflojar las expectativas. Un imprevisto no tiene por qué borrar todo lo bonito que estáis viviendo.
- Mirar más allá de los lugares. Las personas y los gestos cotidianos también cuentan la historia de un destino.
- Dejarse cuidar. No hace falta poder con todo, tampoco cuando estás de viaje.
Quizá por eso viajar sigue siendo una de mis grandes pasiones. Porque te permite salir un rato de tu vida y volver a ella con otros ojos. En pareja, sola o compartiendo una experiencia con mujeres: cada forma de viajar puede regalarte algo distinto.
Si quieres conocer un poco más de mi historia y de cómo nació este espacio, te la cuento en Sobre mí. Y si ahora lo que necesitas es una pausa más cerca de casa, puedes descubrir las escapadas para mujeres de Ohnana.
¿Hay algún viaje que también te haya cambiado la manera de mirar la vida? Me encantará que me lo cuentes.
Cuéntamelo por WhatsApp ↗Las fotografías de este artículo son imágenes reales de Vietnam de los autores acreditados; ilustran el destino y no pertenecen a nuestro álbum de viaje.
ohnana